“Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.” (Mateo 5: 14 | RVC)
Como seguidores del Señor Jesús, ¿debemos aislarnos del mundo para no contaminarnos? Por cierto, que no. Nuestro verdadero desafío radica en desenvolvernos en una sociedad con antivalores, donde recibimos cuestionamientos y críticas por nuestra fe.
Antes que reñir con los demás por aspectos asociados a nuestras creencias como cristianos, debemos aprovechar la oportunidad para compartirles el mensaje de la salvación de Dios y la gracia que Él nos extiende.
Permítame citar aquí al escritor, Robin Sharma:
“No importa lo que la gente pueda decir de ti. Lo importante es lo que te digas de ti mismo. No te preocupes por las opiniones ajenas siempre y cuando sepas que estás haciendo lo correcto” (Citado en el libro: “El monje que vendió su Ferrari”)
Permítame ilustrarlo con una historia real.
En 1962, un joven francés llamado Michel Siffre, se embarcó en un experimento audaz: se recluyó en una cueva oscura y helada, aislándose del mundo por 63 días.
Su meta era estudiar cómo el tiempo sin luz natural, relojes o contacto humano afectaría su ritmo biológico.
Aunque logró importantes descubrimientos científicos, Siffre relató algo más profundo: la profunda soledad y desorientación que experimentó.
Perdió la noción del día y la noche, de la semana y del mes. Su única compañía era el eco de sus pasos y la quietud de las rocas.
Al salir, la luz del sol lo deslumbró y lo abrumó, un recordatorio de lo que había perdido en su aislamiento.

La historia de Siffre nos ofrece una poderosa metáfora de la vida cristiana.
Muchos de nosotros, conscientes o no, nos hemos metido en nuestra propia «cueva».
Quizás por miedo, desilusión o comodidad, nos aislamos de los demás. Nos sentimos seguros en nuestro pequeño círculo de creyentes, en nuestras iglesias, y evitamos el contacto con un mundo que nos parece hostil o «demasiado pecaminoso».
Creemos que, al mantenernos apartados, protegemos nuestra fe. Pero como Siffre, perdemos algo esencial en ese aislamiento.
El cristianismo nunca fue diseñado para vivirse en solitario.
Cristo mismo nos dio la Gran Comisión: «Vayan y hagan discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:19).
Él nos llamó a ser la luz del mundo, «una ciudad sobre una colina que no se puede ocultar» (Mateo 5:14).
La gracia de Dios es un regalo que debe ser compartido, no guardado en la oscuridad de una cueva.
El aislamiento espiritual nos priva de la oportunidad de amar a nuestro prójimo, de ser un reflejo de Cristo en sus vidas, y de experimentar el gozo que proviene de servir.
La gracia de Dios está disponible para todas las personas, incluso las que se consideran las más pecadoras.
La gracia nos expresa el amor de Dios, nos perdona de la maldad en respuesta a un sincero arrepentimiento y nos ofrece una nueva oportunidad para vivir.
Jesús pagó el precio en la cruz. Vertió su sangre preciosa para limpiarnos de nuestros pecados. De todos.
Hoy es el día oportuno. Acójase a la gracia divina. Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.
Fernando Alexis Jiménez sirve a Dios en la Misión Edificando Familias Sólidas. Transmite el Programa Vida Familiar y, desde el 2016, dirige el Instituto Bíblico Ministerial.