“No desees que las cosas se hagan deprisa. No te fijes en las pequeñas ventajas. Desear que las cosas se hagan de prisa, impide que se hagan bien. Fijarse en las pequeñas ventajas impide realizar grandes esperanzas.” (Confucio, filósofo chino. 571 a.C.- 479 a.C.)
Somos acelerados. La mayoría de las veces. Pedimos algo a Dios y esperamos que su respuesta se produzca inmediatamente. Y si la respuesta no viene hoy, pensamos que Él no nos escucha o que, sencillamente, nos abandonó a nuestra suerte.
Tremendo equívoco con nuestra fe al estilo de “café instantáneo”.
Es esencial que reconozcamos la grandeza y poder de nuestro amado Padre y, también, que Él responde como quiere y cuando quiere, para nuestro bien.
Cuando vamos a las Escrituras, aprendemos un principio eterno: Dios tiene su propio tiempo. Él obra a su manera. Y su tiempo es perfecto.
El apóstol Pedro escribió:
“Además, hermanos míos, no olviden que, para el Señor, un día es como mil años, y mil años son como un día.” (2 Pedro 3: 8 | TLA)
Sobre esa base, es importante que desarrollemos paciencia para esperar en el tiempo de Dios. Y aceptar Su obrar, porque siempre lo hace partiendo de aquello que más nos conviene.
Dios es perfecto y lo que hace es perfecto. Sabe cuándo y de qué manera responde a nuestras oraciones.
Hay algo más que demuestra su amor por todos nosotros. Me refiero a la GRACIA. Por GRACIA, antes que condenarnos, dispuso nuestra salvación eterna.
Es cierto, merecíamos la condenación por nuestros pecados, pero el Señor Jesús tomó nuestro lugar en la cruz.
Murió por usted, por mí, por todos y además de perdón, nos aseguró la vida eterna.
Ábrale hoy las puertas de su corazón a Jesucristo.
Fernando Alexis Jiménez – Misión Edificando Familias Sólidas – @FamiliasSólidas