Queremos tener el control de todo, y por supuesto, de nuestra vida. Ahí es donde nos enredamos. Para hacerlo, tener el control, arrastramos esas cargas que justamente se convierten en nuestro mayor impedimento.
Fernando Alexis Jiménez
Hay pesadas cargas que llevamos siempre a cuestas, muchas del pasado, que nos impiden avanzar. Se convierten en enormes barreras para cambiar y crecer.
Algunas cargas las alimentamos usted y yo y terminan convirtiéndose en parte de nuestra cotidianidad. Pareciera que nos resignamos a tenerlas con nosotros, aun cuando somos conscientes de lo perjudiciales que resultan.
Para usted, para mí y para las personas que nos rodean.
Nuestro Salvador Jesucristo habló de ser libres. De entregarle esas cargas:
“Ustedes viven siempre angustiados y preocupados. Vengan a mí, y yo los haré descansar.” (Mateo 11:28 | TLA)
¿Cuáles son las cargas que debemos entregarle a Dios?
1.- Las cargas emocionales.
2.- Las cargas de un pasado que nos atormenta.
3.- Las cargas espirituales.
4.- Las cargas de temor e inseguridad (Job 3:25)
5.- Las cargas de amargura y resentimiento.
6.- Las cargas de orgullo y autosuficiencia.
7.- Las cargas de duda e incredulidad.
Por supuesto, usted tendrá otras cargas que no incluimos aquí. También esas cargas deben entregarse a Jesucristo, hoy mismo.
Al entregarle esos pesados bultos emocionales, usted queda libre porque quien los llevará, será Jesús mismo.
El Señor Jesucristo los toma y los termina de una vez por todas. Y, de paso, nos hace libres:
“Jesús le dijo a la gente que creyó en él: —Ustedes son verdaderamente mis discípulos si se mantienen fieles a mis enseñanzas; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.” (Juan 8: 31, 32 | TLA)
Rendir nuestras cargas a Jesús es soltar. Y soltar nos cuesta.
¿La razón?
Queremos tener el control de todo, y por supuesto, de nuestra vida. Ahí es donde nos enredamos. Para hacerlo, tener el control, arrastramos esas cargas que justamente se convierten en nuestro mayor impedimento.
Ríndale hoy sus cargas a Jesucristo.
Pero no podría terminar sin antes hablarle de una carga que es tremenda. Me refiero a la culpabilidad por los errores que cometimos en el pasado.
Muchos de esos pecados nos avergüenzan. Sentimos tristeza, dolor y sentimos que nada vale la pena.
Un pasado de maldad nos acusa a toda hora.
Pero hoy podemos ser libres.
¿De qué manera?
Acogiéndonos a la GRACIA de Dios. Por GRACIA, el Padre perdona nuestros pecados—todos—los de ayer y de hoy. Es su amorosa respuesta a un sincero arrepentimiento.
De la mano con el perdón, nos ofrece la posibilidad de emprender una nueva vida.
Jesús ya pagó el precio por usted y por mí en la cruz. Nos limpió de toda maldad. Nos presentó santos y justos delante del Padre.
Emprenda esa nueva vida. Ábrale las puertas de su corazón a Jesucristo.
Misión Edificando Familias Sólidas – @VidaFamiliarCo – @Conexión365